¡Está escrito!

Bajo Eras de obscurantismo, antes de la invención de la imprenta, los escribas constituían una casta al interno del sacerdocio, cuya labor y privilegio consistía en transcribir a mano e incluso ilustrar cada ejemplar particular de la Biblia y documentos oficiales de la iglesia. Un porcentaje muy minoritario conocía las letras y podía leer; para escrutar los textos considerados canónicos o sagrados, la curia debía contar con una venia del alto obispado. La posesión de una Biblia sin la anuencia debida constituía un acto grave que la ley inquisidora castigaba con severidad.

Dos hechos vienen a romper con este estado de ignorancia inducida: la rebelión de Lutero y la aparición de la imprenta.

Hasta entonces, la verdad que emanaba de los centros teológicos se imponía con el determinismo: ¡Escrito está! Aquello sonaba en el creyente, en su mayoría analfabeto, como un sello de la verdad que, al hallarse escrita, no podía negarse y, además, cualquier explicación debía provenir del único magisterio divino autorizado en la Tierra: la iglesia; y dentro del estamento institucional, este poder descansaba en el papado.

Entre las noventa y siete tesis de Lutero hay una enérgica denuncia y refutación que hería al corazón del sistema impuesto: la blasfemia del pago de indulgencias (tesis 26/27 30/34 41/44). Y su mayor convicción consistía en el derecho de todo creyente a conocer la Biblia porque de esta, y no del papado, emana la autoridad de la fe.

Tradujo e imprimió el Nuevo Testamento en el año 1521. En el 1534 publica la primera Biblia a disposición de toda comunidad cristiana protestante. Vistos desde la realidad actual, tales episodios parecieran inofensivos y quizás no podamos medir su efecto revolucionario; sin embargo, son estos eventos  los que echan a rodar una avalancha de cambios políticos, sociales, culturales, económicos y religiosos. Ahora surgía la necesidad de alfabetizar, y aquello tendría la acérrima oposición de los señores y de los príncipes de la iglesia católica.

 Que el Nuevo Testamento fuese posible editarlo y repartirlo, en los trece años entre 1521 y 1534, obligó al nuevo cristianismo a imponerse la tarea de enseñar a leer al mayor número de creyentes. Primero, el poder católico quiso impedir el uso y tenencia de la maquinaria de impresión; luego, al no lograr tal propósito, se hizo de lo más avanzado de la imprenta para inundar a Europa y colonias con los textos y ‘doctrina verdadera’, condenando cualquier otra elaboración como ‘herejía’.

Consecuencia de este proceso, un siglo más adelante, ya surgen posturas, tesis, análisis y enseñanzas de escuelas teológicas, personas con autoridad intelectual (eruditos) y ponencias que en muchos casos se convertían en divisiones institucionales o inicio de distintas formas de concebir la fe y la religión. Este efecto, que es natural en el Ser humano que piensa, cavila, analiza, discierne y propone, fue visto por la ortodoxia católica como la prueba del mal que pretendía evitarse al implantar el viejo sistema de castas manejando las escrituras y de una masa hundida en la ignorancia. Ahora, con el pulular del conocimiento y el surgimiento de la educación como factor imprescindible, las escrituras debían explicarse y debatirse en un plano de contradicciones que obligó, también a los católicos, a fomentar escuelas y academias, llegando a establecer el grado de ‘doctor de la iglesia’ a la mayor erudición de la fe (Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, etc.).

El proceso que surge y se desarrolla en Europa llega a ‘las colonias’ debidamente filtrado por la supremacía católica en América Latina y por los puritanos ingleses y nórdicos en Norteamérica. En corrientes de la curia papal se mantiene la idea y voluntad de aplicar el antiguo sistema, con magisterio único eclesiástico e ignorancia de la plebe. Esta política es rota por la incursión de los jesuitas, cuyo centro de evangelización era, precisamente, enseñar a leer para acceder a las enseñanzas de la fe. 

Habida cuenta de las nacientes repúblicas en América, el dominio del catolicismo y sus redes económicas se mantendrían por un tiempo, hasta la llegada del protestantismo, la reivindicación del laicismo y la urgencia de educar y preparar a la nueva dirigencia nacional.

Si bien es un dato verificable que durante el siglo veinte la influencia del catolicismo se ve afectada por la masividad del protestantismo, no es menos cierto que, ya entrado en el siglo veintiuno, la iglesia que responde al vaticano conserva una influencia cultural y de costumbre religiosa no menor, aunque para lograrlo ha debido insertar en sus prácticas y rituales no pocos aspectos de la tradición local en países como Bolivia, Perú, Ecuador, México y Guatemala.

Este contexto, resumido en estas líneas, pero que da pautas para que el lector y lectora puedan indagar, investigar y hacerse de su propia base de datos, nos conduce a la demanda: ¿Es válida aún hoy la frase ‘¡Escrito está!’? Para certificar que, si está impreso en un libro considerado sagrado, es más que suficiente para asentar una verdad.

Hoy, cuando cualquier ciudadano de a pie puede acudir a la tecnología de la información y navega por un mundo de datos que le permiten acceder al conocimiento, queda más atrasado el dicho que autentifica una verdad sólo porque está escrita, o que una verdad, para ser tal, ‘debe’ estar escrita en algún libro al cual cada persona confiere autoridad de acuerdo con su creencia. 

El valor de lo escrito o de las escrituras, hoy más que en ningún tiempo anterior, no depende, para su autenticidad o valía, del solo hecho de existir como libro o texto ‘sagrado’; ahora, hemos llegado a un punto obligado de reflexión y discernimiento con mayor uso de nuestra capacidad de análisis y de inteligencia… pues a más fuentes de datos e información accesible, más capacidad para discernir, analizar y diferenciar debemos obtener y aplicar.

Ante este desafío de elevación humana, la reacción inoculada por los tiempos anteriores, en donde el ‘señor’ pensaba y los más obedecían, empuja a seguir el patrón anquilosado que concede a ‘otros’ definir la propia fe, y a uno recibir los beneficios de una membrecía inerte (que se califica erróneamente como ‘leal’ o ‘humilde’); han optado por aferrarse al sistema que marcó una época en el pasado: ‘todo está en el Libro’ y ‘si lo dice el Libro es verdad’. Esa mentalidad, que es una defensa para no hacerse responsable del propio pensamiento y de la coherencia en la fe, es aquella que corta, sin espacio para la reflexión, su limitada exposición con un ¡Escrito está! Cualquier desarrollo de estos escritos, bajo mirada espiritual y sin romper el sustento de fe, se enfrentará al muro de la básica pregunta: ¿Y dónde está escrito? Dicha forma es el residuo de un lejano oscuro, manipulado y edificado para favorecer planes de dominio político que podemos hoy comprobar y profundizar con la Historia y sus irrefutables datos duros.

La propuesta Cristica es la de Discernir lo escrito desde una previa y rigurosa Disciplina Espiritual. 

Desde la Disciplina Espiritual, es correcto usar los medios virtuales para apresurar la obtención de datos bajo la estricta condición de buscar y rehacerse a las Fuentes Originales y no divagar por interpretaciones. Y una vez compenetrado un tema desde su matriz original, ahora discernido, sí, podemos averiguar cuánto de tesis, interpretaciones y aportes se nos ofrece… porque lo hacemos desde una base espiritual y una metodología que nos permite dilucidar lo Recto y Sabio separado de lo ficticio o inverso. 

Creemos, comúnmente, que la tecnología nos ayuda a pensar menos, y quizás para el mundano así sea en realidad. Pero para los Seres Espirituales la realidad de la ciencia y de los avances tecnológicos nos obliga a refinar nuestra capacidad para Discernir. Ya, antes de abotagarnos de información, debemos contar con una base doctrinaria primordial, pero definitiva, que nos ayude a separar lo verdadero de lo manipulado y falaz.

Nuestra metodología de Nutrición Espiritual parte de premisas elementales: que el Creador nos ha dotado de inteligencia, de capacidad de análisis, de memoria y poder para discernir (desglosar, comparar, usar visión abstracta para romper con el pensamiento lineal, autoobservación para diferenciar y conocernos en los Tres Yo, etc.), y todo lo anterior se encuentra, debe hallarse, bien cimentado en el Espíritu, en la Disciplina Espiritual; sin rigor Espiritual, lo anterior deriva en intelectualismo, en imaginería especulativa, en pensamiento mágico o en conclusiones individualistas y parciales, y aún peor, en teorías raras o esotéricas que escapan de los sustentos de fe. 

Es decir, ‘las Escrituras’ (como la Biblia y el Corán), que por siglos han representado al unificador religioso que construye cultura e identidad… y sobre sus cimientos se han levantado naciones y homogeneidades, alimentando causas políticas que han servido como argumento para guerras, divisiones y eternos conflictos… ahora deben ser vistos bajo la luz de Los Hechos, tanto espirituales como humanos; o, en su honestidad,  cómo el Hombre entendió lo divino, sin buscar las diferencias o distancias  en el idioma o en la geografía, sino que hallando las razones y propósitos que lo Superior ha pretendido del y con el Hombre.

El ejercicio religioso de los políticos de la ‘fe’ se sustenta en la soberbia: aquello que Dios ha hecho llegar y ha develado a los Seres humanos es todo lo divino que existe. No hay más Dios o realidad divina de aquella que el Hombre sabe y le ha sido comunicada. 

La soberbia dice: el Hombre recibe mandatos y leyes que no deben pasar por el discernimiento, menos aún asumirlas en su origen divino y tampoco colocarlas en acción por acto de congruencia personal y colectiva; son aspectos de Dios para que el Hombre domine bajo su nombre, e imite al poder celestial en la Tierra, según cree, transformándose en esclavista y señor por encima de quienes no se someten a la creencia que se les inocula. Por esta torcida senda se desciende a la teoría que indica la dependencia de Dios en relación con el Hombre, y la humanización de lo divino carente de claves espirituales, siempre rebajando lo divino para hacer de Dios algo siempre más humano.

¿Por qué el Hombre sustenta sus razones de creencias explicando o explayándose sobre aquello qué es de Dios y qué no es de Dios? ¿Hay algún escrito en el mundo, en toda época, en donde el Ser humano haya recibido  la verdad de la Creación y de las divinidades y del Cosmos por completo, plenamente, con detalles y pormenores? Y si jamás el Hombre ha sabido de la verdad de un reino que no es de este mundo, y ha sido mantenido en la ignorancia de las potestades del Cosmos, ¿cómo podría considerarse autoridad para definir a Dios?

Aquello que lo Superior ha declarado al Hombre es para que este ascienda hasta las altas mesetas espirituales, y desde la Sabiduría por fin comprenda y asuma lo divino y cósmico como verdad que nunca será conocidas desde lo Carnal y mundano, por muy ilustre que sea o parezca. 

Lo escrito, si pertenece al Bien, propiciará la Luz y enseñará Virtud y Coherencia de Fe; es lo que Dios espera del Hombre; mandata y ordena al Ser humano para que sea digno de ser considerado; leyes para que el humano rompa con su condición terrenal y mundana y escale por las cuerdas de la Virtud hacia los estamentos de mayor conciencia y de coherencia. 

Si Dios es un poder Creador cuyo motor es el Amor y el Bien, y su campo de fuerza es La Luz, contrario a las tinieblas… entonces, aquello debemos asumir de Dios; ahora es nuestro empeño y esfuerzo hacernos personas comprometidas con esas condiciones divinas: seres de Virtud, de Bien, de Luz y contrarios al Mal, de lo tenebroso y lo mundano. ¿Acaso Dios  ha callado estos propósitos trascendentes? No. Y si no alcanzamos dicha base fundamental de coherencia, ¿cómo podríamos argumentar teorías y creencias sobre Dios? 

La Disciplina Espiritual debe contar con elementos básicos de Conciencia sobre sí mismo. Conocernos en los Tres Yo, y adquirir una constancia en la Contemplación, la Meditación y la Oración. El estudio y la lectura  deben sustentarse con una preparación espiritual previa, y con propósitos personales en la adquisición de la Virtud como factor de Coherencia y de Moral. Es decir, el Hombre debe prepararse para entender aquello que Dios pide al humano. Colocarse en sintonía con Dios quiere decir que debemos desechar todo lo profano que nos impide concebir lo superior y afinar nuestra percepción por medio de la Disciplina Espiritual.

Los Cristicos nos preparamos espiritualmente para Discernir los contenidos del Nuevo Testamento, porque hemos optado por Cristo como a nuestro Salvador y Dios. Pero nada de aquello que conforma el cuerpo de nuestra fe puede ser adquirido solamente por creencia, o porque está escrito, o porque nos cuadra con nuestros sentimientos, o coincide con pensamientos propios. 

Debemos hacernos a lo que Dios pide al Hombre; entendemos que Cristo es el Camino al Creador y lo asumimos como a nuestro  Dios Guía con el propósito de recuperar nuestra  divinidad perdida. Sobre estos fundamentos: cuánto de aquello coincida (en sabiduría y altura de fe) con los Mandatos que Dios ha colocado ante el Hombre, y Cristo enseña en su evangelio, reflejan inspiración del Espíritu; y sin ser parte de un ‘libro sagrado de carácter canónico’, igualmente, tales aportes deben ser considerados en nuestro Discernimiento. Porque Dios nunca ha dejado de comunicar y educar al Hombre, en toda época, en cada rincón de la Tierra, bajo el lenguaje de los Hombres. Ahora el Ser humano debe unificar la enseñanza y no sesgarla, y mucho menos dividirse el Hombre por causa de La Palabra. Mucho menos colocar bozales a Dios.

Si un creyente pone delante del proyecto espiritual y de fe la voluntad de repetir lo escrito sin conciencia y ceñirse sin discernimiento a las escrituras, será lícito no litigar en la tentativa de convencerle, desde la insistencia, sobre las capacidades del Hombre para discernir lo de Dios con Espíritu y bajo la Fe  que entrega el Magisterio del Espíritu Santo. Pero, por otro lado, no podemos dejar de presentar al creyente la senda de la Disciplina Espiritual, para elevar la conciencia y comprender con espiritualidad aquello que lo divino nos ha develado por siempre y especialmente desde los Hechos del Cristo. Es decir, los Cristicos no queremos ‘ganar’ o ‘convencer’ para membrecía de nuestra obra y menos imponer escrituras sin enseñar a Discernir y obtener Disciplina Espiritual; porque, contrario al modelo de dominio de la apostasía religiosa, hoy se nos llama a crear conciencia de fe para que la persona se haga responsable de su coherencia y de sus opciones espirituales, y con aquello sepa Tomar Decisiones en lo del mundo. 

Esta Disciplina, opuesta al modo del ovejismo y a la supremacía del pastor, en lugar de llamar al fervor de la fe, en muchos creyentes suele provocar una resistencia que confluye en la ira… porque es una revolución que obliga a la responsabilidad personal, al perdón, al compromiso, a la coherencia y al desprendimiento del modelo mundano. Y tal Salto despierta la abyecta y atávica soberbia del cainismo que surge desde nuestros abismos. O, al contrario, en otras personas  ilumina el camino personal hacia la fe viva, ante un Cristo Dios que puede ser alcanzado por Disciplina Espiritual y Coherencia de Fe; esto se revela ante los Buenos y Humildes como una gran puerta que ofrece la entrada a la Casa de Dios, tal como Él quiere y nos llama, y ya no como quisiéramos nosotros desde nuestra carnalidad y mundanidad. 

Consideramos que la inteligencia nutrida por el Espíritu y la Disciplina Espiritual posee dones y potencialidades incomparables que liberan al Hombre de las dependencias artificiales. Incluso, si por necesidad usáramos metodologías artificiales para apresurar o diversificar nuestro saber o exposición, el resultado obtenido igual lo debemos pasar por el Discernimiento y analizarle bajo el Cristal de la Coherencia de Fe; acudimos al Magisterio del Espíritu Santo para así concluir y dar por correcta una entrega o elaboración. Es decir, no se trata de negar los avances científicos o tecnológicos del Hombre, sino de usarlos siempre en el contexto de nuestra espiritualidad, y haciendo filtrar sus resultados por el poder que nos entrega la Disciplina Espiritual, manteniéndonos firmes en los factores fundamentales del Bien, la Virtud, la Luz  y la Verdad; y, esencialmente, en nuestra condición Cristica, afirmándonos en la Coherencia de Fe, en los Fundamentos Cristicos, y nunca perdiendo la visión en la meta trascendente, la cual va desde la consagración a la santidad, y de esta a la divinidad. 

Tales haberes de riqueza espiritual solo nos lo entregan el Cristo Dios, de acuerdo con nuestra obra y sus frutos. Porque Salvos somos por La Gracia, pero consagrados somos por mérito de Coherencia de Fe y Sabiduría.

Ahora, con Cristo y desde Cristo, Dios está escrito en el Espíritu del Hombre, y el Ser humano debe hacerse Templo de Dios mediante una razón superior y sentidos gobernados por el Espíritu, bajo una vida espiritual de Coherencia, Paz y Verdad.

La Verdad de Dios no está en las letras y palabras reunidas en un libro, sino en el Espíritu del Hombre. La palabra se torna VIVA cuando por Espíritu el Hombre extrae la verdad de Dios y se construye a sí mismo con esta. 

Las escrituras son un Medio: sólo la Fe y la Espiritualidad del Ser, en Discernimiento con Espíritu Santo, puede llegar al corazón de la Verdad. 

Las escrituras son el mensajero; la Sabiduría es lo que extrae el mensaje. 

El Hombre debe lograr Sabiduría para asumir a Dios en su razón, alma y vida.

En todo escrito-mensajero hay claves para la Sabiduría del Hombre, y otro texto oculto subyace como palimpsesto para quienes tengan ojos y entendimiento Espiritual.

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